Noche de terror en el corazón de Arequipa

Vie, 01/27/2017 - 13:21 -- paolagomez
Jorge Turpo Rivas

Represión policial, temblor y balacera pudieron hacer que festejo de Halloween y la Canción Criolla pase de la diversión a la tragedia. ¿Vale la pena perder una vida por lucir un disfraz o bailar un vals?

 
Cuando todavía algunos borrachos se tambaleaban en la esquina de Zela con Santa Catalina, Román Quispe llegó con su triciclo a la puerta del bar Frogs para comprar botellas vacías. No se las regalan, se las venden y él las revende a dos soles la docena.
Eran las ocho y media de la mañana del primer día de noviembre y la resaca de todo lo bebido la noche anterior había dejado a un «Capitán América» durmiendo su derrota alcohólica en el paradero del puente Grau, a siete chascosos terminando su último trago en botella de plástico en el parque del puente Grau y a más de veinte disfrazados bebiendo cerveza helada en el restaurante campestre de la Quinta Salas en el puente Bajo Grau. También hubo cinco serenos heridos y dos personas baleadas, pero esa es otra historia. A Román Quispe sus padres lo regalaron de niño a una familia que tenía más plata que ellos. «Me cambiaron por una bolsa de fideos», me dice mientras aplasta las botellas de plástico con sus pies para que entren en un costal.
En Chuquibamba, donde nació hace seis décadas, la familia que lo acogió lo trató mal. «Me tenían como a un loco –dice– con la ropa rota y cochina». Por eso se largó a los catorce años y se hizo albañil. Trabajó construyendo edificios, represas y centrales hidroeléctricas como Charcani cinco. Pero hace unos años encontró una manera de ganar dinero cuando se acababan las obras. «Vendiendo botellas no dependo de nadie, yo no soy un reciclador de basureros, planifico mi trabajo y gano bien». Dijo con orgullo de  emprendedor.
Román Quispe tiene contactos en las discotecas y restaurantes de la Plaza de Armas que le guardan y le venden botellas. La noche de Halloween y del Día de la Canción Criolla, le dejó una buena  cantidad de envases de vidrio y plástico que él convirtió en dinero fresco para su empresa personal.
Román Quispe no celebró ni lo uno ni lo otro. «Ya tuve mi tiempo de fiestas –dice– ahora no me llaman la atención». En ese instante pasó el camión recolector de basura y se detuvo para ver si botaría algo. «Vayan no más, aquí no hay nada que botar –les gritó y se volteó para decirme–: Así trabajo joven, esto es plata para mí».
 
*****
LA ESCOBA que carga Guillermina no es parte de un  disfraz. Ella y su compañera lucen el traje verde y oficial de barrenderas municipales.
Nueve y media de la mañana del primer día de noviembre y ambas barren, por segunda vez, la calle San Francisco. «Salimos a las cuatro de la mañana. Esta ya es nuestra segunda pasada», me dice Guillermina con sudor en el rostro. Los rayos del sol rebotan de las paredes blancas y llenas de orines de la Biblioteca Mario Vargas Llosa.
Todo huela a baño. Es feriado, pero Guillermina y todo el batallón de obreros de limpieza municipal trabajan más que cualquier día del año.
«Todos los años en esta fecha es así», dice mirando la basura del piso. Cerca de cien toneladas de desechos se recogieron de las calles de Arequipa tras la celebración del 31 de octubre.
Guillermina se despide porque su amiga encontró una tienda abierta en Zela y la llama para tomar una gaseosa, aliviar el calor y seguir barriendo las calles.
 
*****
«AGUA, agua», gritaron provocadores los borrachos y  agua les dieron. Dos y media de la mañana del primer día de noviembre y el “rochabús” (pinochito para los viejos huelguistas), inició su avance por  la calle San Francisco rodeado de un centenar de policías y serenos.
Misión: despejar la calle y poner fin a la fiesta. Consecuencia: cinco serenos heridos y varias botellas rotas.
A esas horas los ebrios ya no necesitaban disfraz. Muchos se tambaleaban como zombies salidos de sus tumbas buscando comerse cerebros  de policías y serenos. Pero los espantaron a gritos, empujones, varazos y chorros de agua.
No fue fácil retirar a tanta gente de las tres cuadras de San Francisco y alrededores. En el  primer intento les lanzaron  botellas de vidrio a los agentes. Marcos Hinojosa, gerente de seguridad ciudadana, tuvo que ser protegido con escudos  para que no lo hieran.
Más que un operativo de  seguridad parecía un espectáculo nocturno en que la  policía y  serenazgo se enfrentaba a centenares de brujas, angelitos, zombies, superhéroes, dráculas, vaqueros, drag queens, pokemones, talibanes,  mineros, gatitas, conejitas y un  ejército de ebrios sin disfraz.
¿Sirvió de algo el show de Hinojosa? No. Los jóvenes buscaron otras calles para seguir festejando. Se creó un  absurdo enfrentamiento. Hinojosa trató a los jóvenes que celebraban Halloween como si  fueran una horda de manifestantes de construcción civil.
No terminó en tragedia por la  bendición de Todos los Santos. Habría bastado con disponer una guardia permanente en   las calles para evitar desmanes y, eso sí, detener a quienes causarán problemas en la vía pública. El desenfreno de los jóvenes no se cura en una noche rociándoles  agua, el fondo del asunto, aunque sea un lugar común decirlo, es la educación y recuperar los valores. Pero se optó por combatir el terror de algunos disfraces con el terror real del “rochabús” y la macana. Al final, después de dos horas de  dar vueltas por cuatro manzanas echando agua a los borrachos, el operativo de Hinojosa  terminó sin pena ni gloria.
El festejo de muchos jóvenes continuó hasta el Adobo de trece soles en Ugarte, frente a Registros Públicos.
 
*****
«DALE VUELTA a ese guaranguito, dale vuelta…», cantaba un conjunto criollo en el Museo del Pisco poco antes de que un  sismo hiciera mover Arequipa por sus cuatro costados.
En el Centro Histórico casi nadie lo sintió. El festejo de rompe y raja no se detuvo. «Tu mama te va pegar. Tu mama te va a pegar». Solo se quebraron las  caderas de tanto movimiento.
El epicentro fue en Vítor. La sacudida marcó 4.1 grados. Y ocurrió a los cincuenta seis minutos del primer día de noviembre. Pero si los grados, no del pisco, sino del sismo, habrían sido más intensos, en lugar  de esta crónica usted estaría leyendo una extensa relación  de muertos, quizás buscando el nombre de un familiar o conocido.
A esa hora, en las tres  cuadras de San Francisco, había  cerca de cinco mil personas, las discotecas estaban repletas y las autoridades habían pensado más en cómo montar un espectáculo de desalojo de borrachos  que previendo vías de escape en caso de sismo.
 
*****
CUANDO el “rochabús” todavía no echaba agua a los alegres borrachos, estuvo estacionado varias horas frente a la Prefectura en la calle San Francisco.
Sirvió de fondo para muchos selfies. Era como parte de la escenografía callejera de una gigantesca fiesta de Halloween.
Brujas y talibanes, con dinamita  de utilería en mano, posaron junto al vehículo cargado de agua para inmortalizar esa noche y su disfraz en una fotografía.
En las calles del Centro Histórico hubo espacio para todos.
La Plaza de Armas no acogía a  tanta gente desde el 16 de diciembre del año pasado cuando el Melgar salió campeón nacional y el festejo fue masivo en el  corazón de Arequipa. Hubo gente que  parecía  haber esperado todo el año  a que llegue esa noche para salir con las caras pintadas, en tacones, minifaltas, portaligas, chorreando sangre, con hambre de cerebros y con dinamita atada al cuerpo.
«A algunas personas los disfraces no los disfrazan, sino que revelan quiénes son realmente», dijo GK Chesterton. Si las cosas son  como las plantea el escritor británico deberíamos preocuparnos porque esa noche Arequipa tuvo varias pandillas de talibanes luciendo sus barbas, turbantes, armas y dinamita.
 
*****
LOS DISFRACES son más sofisticados que en décadas anteriores. Hay tiendas que los importan o los fabrican para alquilarlos desde cuarenta soles. El escritor Renato Cisneros brindó en su cuenta de Twitter «por todos los que en los 80 nos disfrazamos de dudosos gitanos, piratas y vaqueros con la ropa de nuestros viejos». Todavía hay quienes se resisten a alquilar un disfraz y prefieren usar sus manos y su ingenio para hacerlo. «Me demoré unas tres horas, lo más difícil fue maquillarme», me dijo Fabián Carpio, un zombie que entró a bailar al Deja vu.
Entre el tumulto de la San Francisco, Adolfo Buillon, imitador de Charly García, no pasó  inadvertido. «Charly, yo voté por ti en Yo Soy», le gritó un fan envalentonado por el alcohol. El cantante y guitarrista lo saludó y siguió su paso.
Adolfo Buillon no necesita disfraz, él es: Charly García.
 
*****
DONDE EL TERROR dejó de ser ficción fue en la avenida Dolores. Un tipo sacó su arma y disparó contra José Antonio Antachoque Álvarez y Luis Picardo Álvarez. Fugó en su vehículo y los bomberos llegaron a socorrer a los heridos.
Los balazos se escucharon a las cinco y treinta de la  mañana del primer día de noviembre. La mala noticia se mezcló en las redes sociales  con otras como la muerte del  poeta Rodolfo Hinostroza y el accidente de tránsito en la Panamericana Sur de Lima donde murieron dos jóvenes  que regresaban de una fiesta de Halloween.
Así empezó el feriado del Día de Todos los Santos, antes de que los cementerios se llenen de visitantes, que Román Quispe termine de acomodar su cargamento de botellas en su triciclo y que el «Capitán América» despierte de su sueño alcoholizado con un súper dolor de cabeza.
 
 
 
 
 
También te puede interesar: Aerolíneas, una nueva forma de volar