¿Madres trabajadoras educan adecuadamente a sus hijos?

Sáb, 03/18/2017 - 12:58 -- paolagomez
Yenine Ponce Jara

La mujeres que trabajamos a tiempo parcial o a tiempo completo fuera de casa y además cumplimos funciones al interior del hogar porque elegimos ser madres, debiéramos preguntarnos, si realmente estamos en la capacidad plena de afirmar que “a mis hijos los educo yo”.

 
Lamentablemente las distancias, los horarios, las responsabilidades y la tensión y angustia que esto nos provoca no siempre nos permite disponer del tiempo efectivo, la serenidad y el equilibrio emocional que requieren nuestros hijos para aprender adecuadamente de nosotras, ya sabemos de la falacia de usar como sinónimos calidad y cantidad de tiempo.
También creo que debemos tomar en cuenta si estamos preparadas para las exigencias de los niños de ahora, es decir, si tenemos conocimientos de psicología, pedagogía, sociología, antropología, filosofía, teología y demás, la realidad es que por lo general estamos siempre más llenas de dudas que de certezas.
La mujer trabajadora que ha decidido ser madre hoy, debe tener la lucidez de cuestionarse íntimamente si está capacitada para formar un individuo en un siglo que apenas presiente o vislumbra, con cambios y transformaciones tan vertiginosos, donde la tecnología y los medios de comunicación han quebrado fronteras de conocimiento, información e inocencias.
La verdad es que apenas podemos pasar algunas horas con nuestros hijos, que ya desde hace mucho tiempo los hogares, conscientes o no, han transferido a la escuela como institución, la educación y formación de los niños y jóvenes. ¿No hemos escuchado acaso que los pequeños afirman sin lugar a objeción “mi profesor o profesora me ha enseñado que es de esta manera” otorgando veracidad axiomática a sus educadores?, con los que además se interrelacionan muchas más horas que con su madre o padre.
Las madres hoy ya no podemos ser las protagonistas de la crianza de nuestros hijos, los papeles se han invertido, somos ahora únicamente quienes fortalecen o refuerzan el discurso de la escuela o quienes la cuestionan muchas veces sin un mejor argumento o un argumento creíble, sin trampas de dogmas o creencias.
Los más jóvenes hoy en día no se conforman con un discurso que no vaya respaldado de conocimiento científico, sensible  a demostración y resultados verificables, van construyendo sus convicciones desde muy pequeños y no únicamente de lo que el hogar les explica, la frontera entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo prohibido y lo permisible es cada vez una línea más delgada, porque las diversas culturas y sus prácticas se amalgaman, los etnocentrismos se difuminan y las religiones retroceden ante el conocimiento de nuevas teorías, avances médicos, tecnológicos y descubrimientos de toda índole.
¿Dimensionamos las consecuencias de confundirlos a edad temprana? ¿De negar lo que ya es? ¿No nos arriesgamos a ir perdiendo su respeto y confianza cuando les decimos que solo podemos amar a los que son o piensan igual que nosotros y luego afirmar que debemos amar y creer en un Dios que es todo amor, que es justo e igualitario? ¿Es coherente intentar formarlos en valores y luego decirles que esos valores no son universales sino selectivos? ¿Qué estamos haciendo?
La importancia entonces no se limita  a transferirles información en casa, a enviar a nuestros hijos a escuelas que creemos que son eficientes, sino a “leer” y establecer nuestras propias conclusiones de los contenidos curriculares educativos y no solo fiarnos de lo que “nos dicen” que contiene, o de comentarios negativos o positivos al respecto. Pero más importante aún, es reflexionar si quienes los forman, si lo que les enseñan y si los contenidos son acordes más que a nuestra manera de pensar, a lo que les será útil a nuestros hijos para adaptarse adecuadamente a una sociedad y a una cultura futuras, de cuidar de no criar discriminadores que más bien serán discriminados mañana más tarde por manifestar posiciones o pensamientos rígidos e incongruentes con el tiempo que les toque vivir.
El mundo cambia y no somos nosotras las que debemos estar preparadas, son nuestros hijos los que deben afrontar este nuevo siglo y los que llegaran casi a sus postrimerías.
Es una quimera intentar criar a nuestros hijos en una burbuja, sabemos que debemos prepararlos para un mundo diferente ¿No es acaso nuestro norte que los hijos que amamos tanto sean más felices que nosotras? La gran misión de las mujeres trabajadoras de ahora que optamos por ser madres también, es formar individuos que construyan para ellos un mundo más justo, un mundo mejor del que les dejamos.