El desierto nunca se acaba

Lun, 01/30/2017 - 14:33 -- paolagomez
Patrick O’Brien, gestor cultural

A la larga la muerte es lo único probable, pero a veces parece ser lo único que sucede.

 
No hay dos vidas iguales, y menos tres, pero en cualquier lugar la muerte es la misma, es el desierto. Pero eso solo agrava el asunto, uniformiza donde la singularidad fue la esencia, lo habitual, la sorpresa.
Hay malos años, pero hay años que son una herida abierta en el rostro, en donde todo parece esquivo.
Tres creadores notables vinculados estrechamente a Arequipa y en particular al proyecto que  dirijo (PTS) han muerto en apenas 3 meses.
Juan Javier  Salazar el sorprendente e inteligente y vertiginoso y calmo, agudo y peruano y antiperuano, si se entiende el término como humano, hermano, a veces tío; artista y humano militante.
Lika Mutal la gran escultura de Lima y Soledad una artista con toda la humanidad  de la que carezco. En un universo que suele ser  monótono y estéril, la creatividad y la fuerza capital que nos dieron condujo al proyecto— creíamos y creemos—,  a convertirse en el aporte que esta generación hará por la ciudad de Arequipa, pero también por nosotros mismos.
Creíamos y creemos que hacer un espacio cultural en el desierto donde el talento creativo de lo mejor del arte en volumen, el cine, la literatura, la música, el teatro, la danza pudiera conversar no solo con los creadores arequipeños, si no con el pueblo más joven de la ciudad y de la región, podría abrir una posibilidad al desarrollo equilibrado, y ayudar  a crear  una nueva ciudad que ya no fuera la cerrada y virreinal ciudad blanca, sino una ciudad joven, potente, creativa y tolerante ciudad de encuentros.
Debo a la amabilidad de Juan Javier, la cálida hospitalidad de su presencia: su generosidad, entender en toda su intensidad, la gravedad de ese episodio que conocemos como Perú y que en realidad es una grieta, un abismo a la apresurada inhumanidad a la que tan despreocupadamente nos conducimos,  conocer  la genialidad y recibir los valiosos aportes que Lika Mutal hizo al proyecto y Soledad, amiga intensa y vital (la  vida no es un acto de fe sino de ternura). Juan Javier trataba de entender y explicar pero sobre todo  exponer  en sus contradicciones al Perú y a la vez al hombre en su afán autodestructivo, a través del juego y de una casi incomprensible y discreta ironía.
A su manera (la sabiduría está en el juego y el juego está hecho de contradicciones) hizo de la persistencia un emblema amable y ácido con el que mostró el país que somos.
A veces parece que en el Perú jugamos a extraviar la verdad o  por lo menos a confundirla, siempre es más chic reducir las cosas a una etiqueta conque distinguir y distinguirse. Siempre es más fácil  señalar, porque no resistimos la tentación de juzgar antes que comprender, y a veces no  comprender es un mérito en un  juego que no siempre se entiende pero todos jugamos.
Porque estar buscando preguntas en un país que se cierra a una sola respuesta puede parecer provocador o absurdo, no solo una pérdida de tiempo, porque eso de estar buscando gatos con tres piernas es un hábito peligroso que juega mal con una sociedad, que para no ser intolerante ha  quemado demasiadas brujas.
Por eso Juan Javier Salazar era tan incómodo como entrañable, armado de ironía y sutileza contaba, y contaba muy bien, la historia de ese juego como si no  fuera un juego, el juego perverso que no queremos dejar de jugar. Total que más da, el Perú es solo  un mal juego en el que siempre  ganan y pierden los mismos.
El camino es sinuoso. Hay  polvo por todos lados y a veces llueven piedras, pero a dos mil trecientos metros todos los días son luminosos —tanta luminosidad terminar matándonos—, pero, en este desierto y en medio de volcanes: llegaremos.
 
 
 
 
 
 
 
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