Arequipa: Aldea Metropolitana

Mié, 01/11/2017 - 12:33 -- paolagomez
Alfredo Herrera Flores

Arequipa ha cambiado, pero parece ser que el espíritu pueblerino, de aldea tranquila tradicional, bucólica y con aires de aristocracia se resiste un poco.

 
Dos señoras conversan. Hablan sobre sus compras, sobre precios y lugares; las señoras, mayores, han incorporado a su lenguaje nombres que hace solo unos años eran referenciales, que provenían de la realidad de otras ciudades más grandes, más modernas, según ellas. Esos nombres habían generado una suerte de resignada nostalgia en una población que había empezado a viajar, a salir de sus fronteras, gracias a la propia dinámica de las ciudades y su población: crecimiento económico, desarrollo, acceso a servicios, migración, inseguridad, y otros males.
Escucho a las dos señoras conversar y recuerdo que su tema no difiere mucho del de dos amigos rencontrados después de varios años de ausencia en esta ciudad, aún blanca y saludable, aún pequeña pero metropolitana: hay en el aire arequipeño una suerte de nostalgia por el futuro con el ánimo de la aldea.
Breve explicación:
Vuelvo, es un decir, porque da la sensación de nunca haber estado lejos de Arequipa, y veo la ciudad tal cual era hace quince o veinte años, pero recorrer la genera una conversación que debe ser ya común para los arequipeños atentos: “esto no había antes”, “aquí había tal o cual cosa”, “qué bonito está este lado de la ciudad”, “cómo se han poblado los cerros”, “ya era hora de que se construya tal cosa”, “antes todo esto era chacra”, “vivir por aquí era lejísimo”. En fin, ese recuerdo que abre una suerte de esperanza de que la ciudad en la que ahora vivimos será siempre mejor, a pesar de que todas sus “cosas” buenas ya no están, o han cambiado.
Las ciudades son invisibles para sus propios habitantes. Arequipa no es la excepción. Las miles de personas que pasean por pulcras tiendas de vidrio y mosaico no saben, o no quieren recordar, que caminan donde antes había una cuadra de caballos, caballerizas y pistas de carreras; quienes viajan a velocidad por una avenida con puentes y desniveles tampoco recuerdan que antes corría por ese mismo canal agua, lodo, basura y muerte en las épocas de lluvia; urbanizaciones exclusivas se han levantado donde antes habían violado y asesinado a una muchacha. En fin, la ciudad ha cambiado, pero parece ser que el espíritu pueblerino, de aldea tranquila tradicional, bucólica y con aires de aristocracia se resiste un poco.
Pero es así. Aunque hay males mayores por ahí sobrevivientes a la modernidad, como el racismo, el machismo, el dogma religioso, el chauvinismo y una mística etnocentrista, que quieren justificar el espíritu arequipeño y sus actitudes, a pesar de que ya se trata de una ciudad metropolitana, con necesidades y proyecciones a la altura de cualquier capital latinoamericana, con un espíritu que busca convertirse en cosmopolita y asumir una lógica de comportamiento social globalizada.
Sin embargo, parece que este proceso, en el que estamos inmersos sin darnos mucha cuenta de ello, aún tiene que ajustarse y resolver algunas contradicciones y hechos paradójicos, que para entenderlos es mejor explicarlos con hechos concretos y materiales: hay semáforos puestos a mitad de cuadra, una vía rápida interrumpida por semáforos para transeúntes, donde debería haber puentes peatonales; o un gigantesco puente peatonal circular en un cruce de avenidas que nadie utiliza y donde a una cuadra cruzan cientos de universitarios deteniendo el tráfico; o un huachafo edificio que solo de nombre se dice ser palacio de bellas artes. La modernidad al servicio de lo absurdo.
Arequipa crece, creo que nos gusta, al mismo tiempo lo lamentamos, no nos gusta. Somos una aldea metropolitana en busca de su nueva identidad.
 
También te puede interesar esto: