Guillén: Apogeo y otoño del último caudillo del sur

Lun, 01/16/2017 - 13:29 -- paolagomez
Enrique Zavala

Juan Manuel Guillén fue rector, alcalde y dos veces presidente regional. Lideró la protesta más grande en Arequipa en junio de 2002. Al final de su gobierno cumplió detención domiciliaria mientras lo investigaban por presuntos actos de corrupción.

 
 
Siguió con la mirada la silueta de las dos mujeres que se alejaban entre la gente. “Ya sé cómo voy a morir…¡Asesinado!”, dijo. En su mano derecha sostenía el vaso de whisky que le ofrecieron y al que le había dado ya un par de sorbos. No era el primer whisky que Juan Manuel Guillén tomaba en la noche. En la Presidencia del Gobierno Regional había bebido un poco junto con el alcalde de Machu Picchu que se presentó vestido de Inca a firmar un convenio. Con él caminó cuatro cuadras del Centro Histórico de Arequipa para llegar a la invitación del rector de la  Universidad Nacional de San Agustín, en el Complejo Cultural Chaves de la Rosa. Fue allí que las dos jóvenes se acercaron a saludarlo con la curiosidad que despierta el poder. Era el año 2007 y Guillén había sido elegido recientemente como presidente regional, pero cuatro años antes fue el alcalde que puso en vilo al gobierno de Alejandro Toledo.
Una de esas mujeres le saludó con cierto temor y le recordó que era hija de un amigo suyo, profesor de la  Universidad Nacional de San Agustín (Unsa). Guillén, sorprendido, le dijo una palabra amable sobre su padre. La había conocido de niña y la había olvidado. Debía tener unos 20 años igual que su amiga. En la universidad, había sido un hombre muy poderoso desde que fue jefe de Planificación, hacían cola para hablar con él, incluido el rector.
Las mujeres han sido su debilidad y su deleite. “De lo más agradable que tiene una mujer es compartir con ella la cama”, ha dicho. Sus amoríos alcanzaron carácter de leyenda en la Unsa, tanto así que hasta ahora no se sabe cuántos de ellos han sido realidad y cuantos una historia inventada que tomó fuerza de verdad por los antecedentes abundantes y la ilusión literaria que da que un hombre trigueño, de metro sesenta de estatura, que es casi una antípoda del galán, resulte siendo un conquistador, por su simpatía y su forma delicada de acercamiento y, sin duda, al poder que ha ostentado.
Su primera esposa, Sonia, fue su alumna. Nora, la segunda y actual esposa, fue secretaria en la universidad, con ella ha tenido la relación más formal y duradera, de la que nació su tercera hija, Sofía, con la que ha podido menguar la frustración que le trajo no haber podido ser un padre verdadero con las dos primeras, Maritza y Evelin, tenidas una en matrimonio y la otra fuera de él.
–¿Le sigue doliendo no haber podido ser un buen padre para sus dos primeras hijas? –le pregunté. –Sí. Aunque tenemos una relación muy amigable, me siento moralmente disminuido, llevo una especie de culpa –me dijo.
La primera confesión de ese tipo fue en una entrevista en 2005 en el intervalo de cuatro años que tuvo tras dejar la Alcaldía de Arequipa y asumir la Presidencia del Gobierno Regional. En ese entonces descubrí en el libro que Guillén acababa de escribir y presentar sobre Einstein, que la vida familiar en el primer compromiso de ambos era asombrosamente parecida: un desastre doliente.
 
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Einstein ha sido su inspiración para comprender el universo, incluso tiene el mismo concepto de Dios que el autor de la Teoría de la Relatividad, un concepto panteísta: el cosmos es Dios. Lo ha leído y releído, ha escrito de él y juega con sus fórmulas.
En general Guillén se deleita con las matemáticas, a las que considera el único lenguaje capaz de describir el universo. Le sirvió para avivar la mente y salir de ese mundo aburrido de la burocracia estatal. En las noches y en especial los fines de semana las repasaba y hacía cálculos lógicos. Era su manera más simple de alejarse de lo cotidiano.
Conoció a Albert Einstein estudiándolo en el Colegio Independencia Americana. En realidad fue conociendo a muchos personajes a través de la lectura, que ha sido una de sus virtudes más notables y que ha marcado una gran diferencia con sus contendores. Por eso, pronto comenzó a brillar en su carrera de dirigente estudiantil en la universidad.
Convertido al pensamiento socialista luego de salir de la tradición familiar aprista, era una estrella fulgurante entre los estudiantes izquierdistas que repetían de paporreta resúmenes del marxismo. Él había leído críticamente a Hegel, Engels y Marx. El discurso político de Guillén no sólo tenía un sustento real, sino que sonaba mejor.
Había sido aprista desde chico hasta que fue expulsado del partido que fundó Víctor Raúl Haya de la Torre, por haber firmado un pronunciamiento a favor de la revolución cubana durante un encuentro de estudiantes apristas. Desde entonces no volvió a militar en ningún partido político, hasta que fundó el movimiento Arequipa Tradición y Futuro con el único fin de postularse de manera independiente a la Alcaldía de Arequipa en 1998, cuando tenía 58 años.
Daniel, su hermano mayor, llegó a ser un aprista destacado, tanto así que fue motivo de conversación durante el primer encuentro entre Guillén y el presidente aprista Alan García, que asumía por segunda vez la Presidencia de la República. En realidad Daniel tuvo una influencia decisiva en Juan Manuel.
Juan Guillermo Carpio Muñoz co-fundador junto con Guillén y otros del movimiento Nueva Universidad me dijo: “Juan Manuel es uno de los pocos izquierdistas inteligentes de mi generación”.
Desde estudiante Guillén tuvo una discrepancia fundamental con las propuestas de los marxistas. “La llamada sociedad proletaria –sostiene– no puede ser la sociedad a la que aspiremos como modelo de vida, porque la condición del proletario es la peor de las condiciones, sometido a la miseria, a la explotación, al empobrecimiento moral e intelectual. No podemos aspirar a una sociedad de proletarios. El socialismo entendido como la igualdad hacia abajo, de miserables y pobretones, eso no es socialismo, allí se produjo una distorsión”, me dijo en una entrevista. “De lo que se trata es de cómo generamos condiciones en las cuales todos tengamos las mejores oportunidades para disfrutar de lo mejor que produce la humanidad en ciencia, en arte, en tecnología, y de la calidad de vida en los niveles más altos, y a eso se propende ahora. Si hay un cambio en la relación entre Estado y sector privado, esa es la novedad”. Así concibe el socialismo.
 
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Hasta el 2014 Guillén era el líder más importante en el sur del país, ahora tiene 75 años y no hay un sucesor de su nivel y cultura a la vista. Cuando se metió en serio en la política, lo hizo con un cálculo muy frío. No sólo se aseguró de que ganaría las elecciones, sino que se hizo rogar por casi todos los sectores de la sociedad arequipeña para candidatear. Pospuso su aceptación oficial hasta el último momento. Ganó las elecciones de 1998 haciéndose de la Alcaldía de Arequipa, con casi el 70 por ciento de los votos. Nunca antes alguien había sido tan votado para ese cargo.
La votación alcanzada no fue una casualidad o fruto de un efímero trabajo de campaña. Juan Manuel Guillén fue construyendo poco a poco su fama y su poder. Supo usar técnicas muy depuradas de acercamiento a los que tenían el poder real en algún ámbito importante de la sociedad, y con algunos llegó a tener una entrañable amistad.
Cuando nombraban al comandante general de la Región Militar del Sur, Guillén enviaba un emisario con un obsequio. En el momento mismo de su llegada a Arequipa lo invitaba a la Universidad. El gesto era importante, Guillén fue rector de la Unsa durante el gobierno de Alberto Fujimori, donde los comandantes generales de las regiones militares tenían el verdadero poder en su jurisdicción y eran los únicos con llegada al Presidente y su entorno.
Era además una época muy crítica en la lucha contra el terrorismo en todo el Perú. Sendero Luminoso, el sanguinario grupo terrorista fundado por Abimael Guzmán, un filósofo formado en la Unsa, había infiltrado casi todas las universidades nacionales importantes del país.
Las universidades del Estado resultaban casi un santuario para los terroristas, amparados por la inviolabilidad de su campus. Ante ello, en muchas de ellas se produjo una intervención militar durante el gobierno fujimorista. Pero en Arequipa las cosas fueron diferentes. Guillén puso a raya a los senderistas con métodos impensados de diálogo, persuasión y negociación. Las cosas estaban tan controladas que Guillén hacía lo impensado, invitaba a la universidad al jefe militar, lo que causaba una impresión importante en los uniformados.
Cuando en una oportunidad le pregunté cómo había contenido a Sendero Luminoso en la Unsa, respondió: “Pusimos una regla de oro: cada quien tiene derecho a tener su pensamiento, incluso a difundirlo, pero nadie tiene derecho a imponerlo. Eso marcó la pauta para toda la gente y para Sendero”.
Guillén no se encerró en el rectorado. Todos los días hacía visitas a los estudiantes y mantenía conversaciones directas con ellos. “Eso favoreció mucho un clima en el que había que respetar las discrepancias, había que permitir de la manera más tolerante todas las ideologías, pero sin que una avasallara a las demás”, me explicó.
También hubo acciones muy concretas que hicieron que ese pensamiento no quedara sólo en discurso. Guillén estableció que todos los estudiantes, docentes y trabajadores, varios de ellos militantes de Sendero Luminoso, tuvieran todos sus derechos garantizados mientras no existiera contra ellos una sentencia judicial.
Cuando un estudiante era detenido por ser senderista, la universidad no sólo le mantenía la matrícula, sino que hasta mandaba profesores para que le tomaran exámenes en la prisión.
Su labor también fue decisiva en el comedor universitario, donde se concentraban los estudiantes más pobres y donde los senderistas habían afincado su presencia y poder. Se usó el diálogo con los dirigentes y se fue satisfaciendo sus necesidades y mejorando sus condiciones en el lugar. Simplemente cortó las causas del reclamo pero haciendo sentir a los estudiantes que eran parte de la transformación, incluso así lo sintieron los terroristas.
Los senderistas habían entrado a las universidades nacionales aprovechando la pobreza, la corrupción y el bajo nivel académico que había. Marcaban su presencia pintarrajeando paredes, promoviendo huelgas y amenazando o atentando contra los que pensaban distinto.
El movimiento estudiantil en la Unsa, influenciado por Sendero, tenía una prédica que resumían en “una universidad nueva, científica y popular”. La respuesta de Guillén fue muy inteligente: “Escombros, basura, pintarrajeado, huelgas, toma de locales, reglas que nadie respeta y sin que se sepa cuando comienzan las clases y cuando terminan. Si eso es una universidad nueva, científica y popular, pues ya la tenemos. Pero si esa universidad que pregonan es investigación y es respeto a la ciudadanía, aún está por hacerse. En ese caso trabajemos juntos y hagamos de San Agustín la mejor universidad del Perú”.
 
 
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El lema “La mejor universidad del Perú” pegó a tal punto que los estudiantes y gruesos sectores ciudadanos llegaron a creérselo. Guillén consiguió un desarrollo infraestructural envidiable en medio de la crisis dejada por el desastroso primer gobierno de Alan García y el terrible reajuste económico que tuvo que hacer Fujimori para sanear la economía.
Incluso se dio el lujo de construir un estadio para 45 mil personas en el campus universitario prescindiendo del apoyo gubernamental que fue ofrecido casi como una limosna por Fujimori y que hizo que Guillén le dijera: “Mire, el estadio lo vamos a terminar con su ayuda o sin ella”. Luego ese estadio marcaría el inicio de las protestas ciudadanas contra la dictadura de Fujimori y el inicio de la carrera política de Guillén fuera de la universidad.
El lema sólo fue una buena frase de motivación. Nunca pudieron superar las graves deficiencias académicas, que no sólo subsisten hasta ahora, sino que en muchos casos han empeorado.
Los sueños de un cambio de la universidad no empezaron en los años 90. Todo tuvo su inicio en 1970, cuando los jóvenes profesores de sociología soñaban con transformar su escuela, así que invitaron a Aníbal Quijano, el sociólogo con más brillo académico en el país. Aunque Quijano no aceptó por su agenda recargada, recomendó a su amigo y discípulo, el antropólogo Walter Quinteros. A él le contaron su plan de cambio, que terminó encaminando con una simple sentencia: “La transformación que quieren deben hacerla en toda la universidad, sino la universidad la terminará ahogando”.
Guillén no es sociólogo, es bachiller en letras y doctor en Filosofía, pero había estado en todas las reuniones de los sociólogos con Quinteros. No le costó mucho convertirse en líder del nuevo movimiento de opinión universitaria cuyo fin era el logro de la excelencia en la Unsa, un movimiento que se fundó con el sencillo nombre de Nueva Universidad.
Algunos de los que empezaron Nueva Universidad, creen que en ese momento él comenzó también su propio proyecto de poder. Durante una conversación reservada uno de ellos me dijo que Guillén sacó inmediatamente su lección: Esta universidad de San Agustín no vale nada, hay que hacer una nueva y el rector debo ser yo.
A esas alturas de su vida, con casi 30 años, Guillén ya tenía experiencia de cotilleo político en la universidad, había aprendido el manejo del poder, poseía una formación ideológica sólida y había leído y releído la biografía de hombres poderosos y personajes que estuvieron ejerciendo el poder en la sombra. Además, era inteligente y estaba consiguiendo una bandera, una causa buena por la cual luchar. En su camino ha herido amistades. Muchos de sus amigos me han dicho que se han sentido utilizados y luego desechados en medio de un ajedrez jugado por Guillén con la intención final de llegar algún día a la Presidencia de la República. Uno de esos amigos heridos me dijo que las banderas que “el negro Guillén” enarboló para consolidar su poder nunca las logró: “Ha realizado sus apetitos personales pero nunca sus banderas altruistas”.
 
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Su hermano mayor, Daniel, tuvo una gran influencia sobre la vida de Guillén. No sólo fue una suerte de ejemplo, de héroe, sino también quien le hizo sombra en su familia. Daniel se había convertido en la niña de los ojos del padre. Era el inteligente, el destacado, el político, el culto, el hijo del cual enorgullecerse.
Carlos Meneses Cornejo, el periodista más emblemático de Arequipa, a la vista uno de los mejores amigos de Guillén, fue testigo de un momento dramático y hasta sobrenatural que lo dejó conmocionado. Junto a Guillén, frente al féretro del padre, le escucho decir:
–¿Por qué no me trataste como merecía, si yo he sido tu hijo más distinguido?
–Porque no quería hacer diferencia entre los hijos –respondió Meneses, sin tomar conciencia real que lo hacía. Luego –dice– se dio cuenta que era el padre hablando a través de él.  Se asustó y salió pálido.
Guillén es un agnóstico y en un velorio me dijo que cuando se acercaba al ataúd era con la conciencia que esa era la última vez, realmente la última, que vería a esa persona. Lo paradójico es que desarrolla una suerte de comunicación, inexplicable para un descreído, con su abuela materna, con quien en vida desarrolló una relación muy especial. De ella conserva el chal con el que jugaba de niño. La abuela se envolvía las piernas y el nieto sentado a sus pies deshacía los flecos.
“Con ese chal Juan Manuel se rodeaba el cuerpo, y aún lo hace ahora en momentos difíciles invocando la protección de su abuela”, me confió Meneses. No lo ha dicho, pero algunos creen que esa relación con la abuela fue empujada por el poco reconocimiento que obtenía de sus padres. Antes de un año nuevo, Guillén me dijo que cuando llegaba a la casa con los diplomas del colegio recibía una felicitación sin euforias, sin alargamientos. “Esto ya es pasado, ahora qué vas a hacer”, le decían. Ese era el mensaje que debió doler, pero que enseñó al pequeño Juan Manuel a pensar siempre en el futuro.
La falta de reconocimiento no afectó las relaciones con Daniel, quien lo cargaba en la espalda para descolgarse verticalmente por los soportes del Puente de Fierro, en una ventura infantil sin igual. Guillén todavía recuerda cuando Daniel lo llevó a la “Librería Cultura”, en la primera cuadra de Puente Bolognesi, al costado de la Botica Cosmos. Estaba en tercer año de secundaria. Daniel tenía crédito allí y le dijo que escogiera un libro. Solía leer biografías. Una vez encontró un libro que hasta ahora le influencia: la biografía de Joseph Fouché, el genio tenebroso, escrita por Stefan Zweig.
 
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Para muchos el agnosticismo de Juan Manuel Guillén es sólo una pose, una imagen que ha ido creando. Su amistad profunda con Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, Arzobispo de Arequipa, desde los tiempos de su rectorado en la Unsa, y la amistad particular con su sucesor, monseñor Luis Sánchez-Moreno Lira, han generado esas suspicacias. Aún es difícil comprender como un no creyente pudo donar tres mil soles mensuales de su sueldo de 14 mil, como presidente regional, para la construcción del nuevo santuario de la Virgen de Chapi.
Monseñor Fernando Vargas fue un personaje muy cercano para los arequipeños. Tenía un especial gusto por el whisky. Dicen que con él Guillén aprendió a tomarlo, pues hasta ese entonces la única debilidad que se le conocía era por la Coca Cola, a la que aún califica como “el mejor invento de los yanquis”.
Cuando Fernando Vargas dejó de ser arzobispo se fue a vivir a Lima con los jesuitas y ambos dejaron de frecuentarse. El Arequipazo, la gruesa protesta de Arequipa para impedir la privatización de la empresa generadora de energía, que terminó encabezando Guillén como alcalde de la ciudad, fue motivo de un encuentro desafortunado.
El Gobierno de Alejandro Toledo trató de jugar todas sus fichas para acallar una protesta que a manera de los cacerolazos argentinos se dejó sonar desde las zonas marginales hasta las zonas residenciales. En el centro de la ciudad la protesta se tornaba extremadamente violenta. El arequipeño Alonso Ruiz Rosas, que trabajaba para Cancillería, sugirió que recurrieran a Fernando Vargas como una suerte de mediador. Lo llevaron hasta Arequipa con sus más de 80 años a cuestas.
Cuando Guillén se enteró y habló con él por teléfono, lo primero que le dijo fue: “Fernando no te metas”. Pero Fernando Vargas insistió y llegó, abriéndose paso entre las calles bloqueadas hasta el palacio municipal en la Plaza de Armas, que había sido el escenario de enfrentamientos entre grandes masas de manifestantes y la Policía.
Cuando por fin monseñor Vargas llegó uno de los funcionarios municipales le consultó al alcalde Guillén: ¿Lo hacemos subir por el ascensor?”. “No, que suba por las gradas”, dijo.
El Arzobispo que sucedió a Vargas no era jesuita. Aunque también era arequipeño, venía del Opus Dei, y era históricamente muy importante para la prelatura que fundó san Josemaría Escrivá de Balaguer, porque fue su primer obispo. Era la cara opuesta de su antecesor. Un hombre de delicadezas y orden. Curiosamente desarrolló con él también una amistad especial, sin whisky de por medio, pero tan importante que los llevó a proyectar juntos, cuando Guillén ya dejó la Alcaldía, un patronato para concretar el nuevo santuario de la Virgen de Chapi.
El terremoto de 2001, que trajo abajo una torre de la catedral y dejó la otra en vilo, desafiando la gravedad, fue el que estrechó su relación. Pasaron muchos momentos juntos hablando de como reconstruir, no sólo la catedral sino Arequipa, y como sacarla del marasmo en que vivía producto de una larga recesión y el olvido y la venganza de gobiernos sucesivos.
Algunos de los detractores de Guillén, y también unos amigos perdidos o alejados, creen que esas relaciones nacieron de un acto premeditado para tener a la Iglesia de su lado. Lo consideran un hombre muy calculador, tanto que llegó a poner a jueces y fiscales de su parte, construyéndoles modernos edificios para sus instituciones o comprometiendo presupuesto regional para ello.
Pero no sólo ha tenido una buena relación con los obispos, también la ha tenidos con curas. Ireneo de Madariaga, fue un amigo especial. Recuerdo que Guillén lo visitó antes de que un cáncer lo acabara, y lamentó mucho su muerte. Cuando era rector hizo del Señor de la Caridad –imagen que cuidaba De Madariaga en la iglesia de Santa Marta¬– el patrono de la Universidad Nacional de San Agustín, lo que animó a que otras instituciones civiles y militares hicieran lo mismo y lo declararan finalmente patrono de Arequipa.
¿Cómo explicar su agnosticismo y su acercamiento a la Iglesia, a sus prelados y a sus proyectos? “No se entiende su ateísmo, su agnosticismo, por su relación con la gente de la Iglesia. Guillén dice que ama a un pueblo y si ese pueblo no tiene fe no tiene destino, y sabe que esa fe está en una devoción como la de la Virgen de Chapi”, me dijo Carlos Meneses.
Guillén, en el homenaje que le dio la Unsa al Cristo de la Caridad, dijo: “Es la fe de mi pueblo a la que distingo y con la que me identifico”. Guillén vio en esa imagen un factor de cohesión social, donde se unían curas, militares, policías, jueces, fiscales, alcaldes, universidades, sindicalistas y el pueblo católico. También en una de tantas entrevistas me confesó que no ser creyente le daba pena y un poco de envidia. “Son tan honestos tan transparentes, y son así porque creen en un ser superior. Eso, moralmente, me hace sentir disminuido. Si yo tuviera esa fe cambiaría de lugar el Misti”, dijo.
 
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Juan Manuel Guillén no es un gran orador ni tiene la posibilidad de conquistar masas en los mítines, pero tiene una personalidad encantadora en círculos pequeños. Cuando llegan a él para hablar de un conflicto parece que siempre escucha y con interés y hace pensar a los que salieron que juntos encontraron la solución.
Su muñeca se notó en la universidad donde consiguió unir a polos políticamente opuestos, y alcanzó un consenso que incluyó a Patria Roja, la izquierda recalcitrante que hoy está tras muchos paros y desmanes antimineros, y que hasta ahora no lo mira con simpatía.
Con los años se convirtió en un maestro de la negociación. Sabe hacer sentir su poder. Con favores y concesiones ha hecho creerse importantes a muchos dirigentes populares. En la universidad dijo una frase que sus colaboradores han escuchado repetir en la Municipalidad y en el Gobierno Regional: “Hay que tirarle carne a los perros para que se distraigan y nos dejen avanzar”.
Mario Ludeña es su amigo desde hace más de 40 años. Curiosamente se hablan de usted. Alguna vez Mario se animó a decirle: “Doctor, cuándo nos vamos a hablar de tu”. La respuesta fue simple: “Mire Mario, ya estamos demasiado viejos para eso”.
Le pregunté a Ludeña en dónde radicaba realmente el poder de Guillén. “En su humildad –me dijo–. Es un buen profesional, es un hombre culto y no ha hecho gala de lo que sabe. Sólo interviene cuando debe intervenir. No dejaría mal a nadie por exhibir su conocimiento”.
Es cierto. Nunca lo he visto hacer citas excesivas. Usa los conocimientos de sus lecturas y estudios, pero sin jactarse, tal vez por eso da la sensación de sabiduría que asombra a los de arriba y a los de abajo. “El poder real de Guillén radica en él mismo. Se ha rodeado de un aura, de algo que le abre muchas puertas, y en que es un hombre inteligente”, me dijo Meneses cuando le hice la misma pregunta.
Una vez en Moquegua, Salomón Lerner, entonces premier del presidente Humala, dijo en medio de una reunión de presidentes regionales del sur: “Hace muchos años conocí a un filósofo inteligente y ahora veo a un estadista”.
Busqué a la gente que había convivido con él en la universidad y que lo había criticado. Uno de ellos, de esos que no le interesa herir ahora la relación con Guillén, me habló de lo calculador de este hombre: “El tipo que quiere destacar en el poder, destaca por méritos propios y dándose codazos con los demás y viendo en los demás quién puede ser su competidor para atacarlo y hacerlo tropezar. Y a Guillén no le gustaba que le robaran el show”.
También hablé con Hugo Yuen quien fue un seguidor de Guillén y de sus ideas desde estudiante en la universidad. Luego generaron amistad y han trabajado juntos varias veces. Él considera que la clave del poder de Guillén está en su visión holística, integradora de las cosas, debido a su formación filosófica. “Es un político que no se desespera, que sabe que la política es un partido de largo aliento, y sabe esperar su momento”, me dijo.
 
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L a alcaldía no fue un buen negocio para Guillén. A finales del siglo XX había muy pocos recursos, cuentas embargadas y muchas cosas por hacer en la ciudad. El aparato burocrático era inoperante y con serios vicios.
Los dos primeros años de su gobierno municipal le habían alcanzado para que la Unesco declare al Centro Histórico de Arequipa Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero eso no significaba mucho para los ciudadanos que habían votado masivamente por él. Lo que lo salvó del fracaso fue la política. Se convirtió en el ícono del sur en la resistencia a la dictadura de Fujimori y Montesinos. Claro que eso le trajo la animadversión del gobierno central, mostrada en la negación constante de recursos.
La pelea con Fujimori se dio en la inauguración de los Juegos Bolivarianos el 17 de octubre de 1997 en el Monumental Estadio Arequipa, que construyó en la Universidad Nacional de San Agustín. Guillén era rector y recibió la comunicación de que el propio Fujimori vendría a inaugurar el certamen.
Desde días antes Guillén se encontraba con gente en las calles que le decía que estaban comprando pitos para abuchear a Fujimori. Él advirtió a Palacio que no era conveniente la llegada de Fujimori, pero en el gobierno insistieron.
Sentado el Presidente y sus ministros a lado de Guillén en el palco oficial y ante un estadio completamente lleno, se anunció a Fujimori para que diera las palabras de inauguración. Las pifias fueron tan grandes que sólo pudo hablar 17 segundos. Nunca más, el dictador pudo dirigirse a multitudes sin escuchar pifias.
Allí comenzó la debacle de Fujimori en las calles y el ingreso de Guillén a las ligas mayores de la política. Era desde ese momento un opositor admirado y querido por los arequipeños.
La caída de Fujimori en el 2000 fue seguida de la búsqueda de un sucesor mientras Paniagua hacía un corto gobierno de transición. Guillén se las jugó por Toledo que decidió cerrar su campaña presidencial en Arequipa, con él y con Vargas Llosa de la mano.
El terremoto del 23 de junio de 2001 fue motivo de acercamiento con Paniagua y con Toledo que ya era el presidente electo. Pero la amistad con Toledo sólo duraría un año más. En junio de 2002, cuando la alcaldía de Guillén pasaba como una más, el gobierno decidió privatizar Egasa, la empresa de generación eléctrica de Arequipa, lo que motivó una oposición que estalló en la ciudad al mediodía, cuando se entregaba la buena pro a Tractebel, una transnacional belga.
Los dirigentes populares de Patria Roja y otros sectores radicales de izquierda, perdieron el liderazgo de la masa y el centro de la ciudad se convirtió en un lugar de desmanes. Manifestantes descontrolados atacaban a la Sunat y en general la infraestructura pública y privada. Dos estudiantes que curioseaban por la Plaza de Armas terminaron muertos por el impacto de bombas lacrimógenas. Fue allí que Guillén apareció con su liderazgo.
Con Guillén a la cabeza, a Toledo no le quedó más que enviar una delegación de altísimo nivel. Cuando el Vicepresidente de la República y dueño de la Universidad San Ignacio de Loyola, Raúl Diez Canseco entró al Colegio San José con los ministros y se encontró con Guillén, quiso romper el hielo con una broma: “Juan Manuel mira lo que has hecho en Arequipa, que hasta hemos tenido que venir con nuestro canciller para resolver el conflicto”. Históricamente se dice que Arequipa es una suerte de “república independiente” dentro del Perú.
Guillén le ganó la partida al gobierno e impidió la privatización, dando liderazgo a una desordenada protesta en las calles, negociando con el gobierno e interponiendo un recurso judicial reclamando la propiedad de Egasa para la región.
 
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Guillén no toma decisiones alocadas, no se precipita. Eso fue especialmente importante para ganar la negociación al Gobierno de Toledo en el Arequipazo. Conseguirlo requirió una preparación especial que empezó cuando tenía 16 años con la lectura de la biografía de Joseph Fouché, una suerte de Vladimiro Montesinos de Napoleón, claro que salvando las grandes distancias.
–Usted me dijo que admiraba a Fouché porque era el hombre tras el poder en el gobierno napoleónico. ¿Lo sigue admirando? –preguntó un día Hugo Yuen.
–Sí, pero no por eso –contestó Guillén– sino porque supo esperar su momento.
En la introducción de “Fouché el genio tenebroso”, Stefan Zweig dice que “fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos.
Sin embargo, ni gozó de simpatías entre sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad. A Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barras y Talleyrand en sus respectivas memorias y a todos los historiadores franceses –realistas, republicanos o bonapartistas-, la pluma les rezuma hiel cuando escriben su nombre. Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral... No se le escatiman las injurias. Y ni Lamartime, ni Michelet, ni Luis Blanc intentan seriamente estudiar su carácter, o, por mejor decir, su admirable y persistente falta de carácter”.
Claro que no se queda con esa visión, también señala que “la Historia arrinconó silenciosamente en la última fila de las comparsas sin importancia a un hombre que, en un momento en que se transformaba el mundo, dirigió todos los partidos y fue el único en sobrevivirles, y que en la lucha psicológica venció a un Napoleón y a un Robespierre”.
Stefan Zweig, el escritor austriaco y gran biógrafo, dijo alguna vez que escribió el libro no por admiración, sino porque veía en Fouché al perfecto político amoral.
¿Por qué Guillén lee tanto la biografía de un hombre así? Esa fue mi intriga, una intriga que el propio Guillén despejó: “Admiro su frialdad, su sangre de pez. Tenía al mundo que se le caía alrededor y mantenía la serenidad y la calma. Se me ocurrió una figura algo vulgar: para mantenerse en una tranquilidad así, en momentos de profunda crisis, hay que estar sentado en un lavador de hielo, con los huevos bien fríos”, me dijo.
Luego de conversar con Guillén sobre Fouché empecé a encontrar similitudes en sus vidas, como las que tenía con la de Einstein. Fouché esperó sus momentos como lo hizo Guillén; se reinventó varias veces para mantener su vigencia y su poder y así lo hace Guillén, y hasta crió cerdos para sobrevivir como Guillén vendió pan y las hizo de taxista para sobrevivir cuando lo botaron de la universidad por su postura política.
–¿Se da cuenta que hay un parecido con los personajes que lee constantemente? –le pregunté.
–Es un poco como el insecto atraído por la luz. La vida de cada uno va aproximándose a la persona con la que más cercanía espiritual hay. Con Fouché es la búsqueda de serenidad, ese temperamento tan calmado –me respondió.
Ese temperamento calmado se percibe en Guillén, pero también sus manipuleos, sus cálculos fríos, el uso de personas para conseguir objetivos que, es cierto, casi siempre han estado dirigidos a metas buenas, pero marcadas por un ego inmenso, que lo llevó a construir el estadio más grande y el puente más largo. Incluso alguna vez me contó que había aprendido a generar la ira, cuando era necesario, para alcanzar un objetivo. Pero a la vez dice que hay que mostrar amor. “Un hijo debe sentir el amor de su padre aunque éste lo esté riñendo fuertemente”, dijo en una reunión de trabajo.
 
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E l propio Juan Manuel Guillén no puede explicarse cómo ha desarrollado un apego especial por Arequipa, su tierra natal. “No lo sé, porque yo soy una persona sin apegos”, me dijo la última vez que conversamos.
Carlos Meneses, dice que Guillén “es un hombre de grandes dudas, un creyente en la duda, no tiene fe completa en nadie, no tiene dios ni cree en amigos dioses, duda de todos”.
Pero Arequipa, parece haber entrado en él de una manera especial. Hizo que durante su rectorado el himno que se tocaba al final de las ceremonias no fuera el de la ciudad, sino “Mi canto a Arequipa”, una composición que dice: “Canto a tu gloria Arequipa lírica y audaz”. Y hasta asegura que el agua en el río Chili suena mucho más hermosa que en otras partes.
–¿Cómo quisiera que lo recordaran? –le pregunté.
–Cómo un buen hombre que hizo algo por Arequipa –me respondió.
Si hay algo de lo que Guillén se jacta es de haber conseguido la paz social en Arequipa. Ha lanzado trozos de carne a los perros para que lo dejen avanzar. Ha concertado con Patria Roja, ha dado dinero a los sindicatos poco aptos para que le hagan proyectos regionales, hizo obras por administración directa para tener injerencia sobre la contratación de trabajadores de construcción civil, les dio trabajo a los dirigentes populares que comenzaron el Arequipazo y que eran los que montaban las huelgas en la ciudad.
Los que eran sus enemigos políticos lo suelen alabar, mientras sus amigos lo ven con cierta distancia. Jorge Tamayo, uno de los hombres de Nueva Universidad tuvo una frase que muchos recuerdan: “Guillén es enemigo de sus amigos y amigo de sus enemigos”.
Guillén maneja a la perfección el ajedrez político aprendido de Fouché. Sólo así se puede entender que haya contribuido a tirar abajo el proyecto minero Tía María, que Sothern Perú quería ejecutar en el valle de Tambo, con una inversión de más mil millones de dólares, y que menos de un año después los grandes empresarios mineros lo elogiaran por su discurso en Perumin 2011 y lo mostraran como un amigo.
Supo aprovechar el dinero que en Arequipa le dieron las mineras Cerro Verde y Buenaventura, no sólo por el canon, sino por contribuciones voluntarias de centenares de millones de soles.
Ahora con una imagen más desgastada -fruto de la edad, de sus dos gobiernos regionales sucesivos y el cansancio que ya se le nota- muchos lo critican, pero también consideran que fue siempre el mejor a elegir porque nunca tuvo al frente a verdaderos contendores políticos, y porque nadie ha comprendido la trama política como él, ni nadie ha tenido un proyecto personal tan serio como el suyo.
Un viernes anterior al año nuevo de hace un lustro, Guillén por fin admitió que en el camino hirió a muchos que lo acompañaron.
–Las expectativas y proyectos personales de los otros no han podido cumplirse. He tomado tanto las decisiones que no he permitido el desarrollo de los demás.
–¿A los 70 años recién se dio cuenta?
–Fue en la reelección para este cargo que me di cuenta. Me plantearon el asunto como un deber moral que yo tenía con ellos.
Incluso me confesó que pensaba que moriría asesinado porque era consciente que despertaba muchos odios. “No envidia, odios reales”, me dijo.
En los años a finales de su gobierno regional, los análisis médicos que le hicieron por un accidente carretero descubrieron un cáncer inicial que por ahora parece controlado. La enfermedad disminuyó sus proyectos políticos. Renunció a una cantada segunda reelección.
En estos momentos, fuera del poder, enfrenta una investigación fiscal que lo puso por unos meses con una detención domiciliaria y llevó a prisión preventiva a uno de sus colaboradores más cercanos, Miguel Ocharán, por indicios de corrupción.
Pero hasta ahora no hay un juicio abierto. Alejado de la vida pública, Guillén parece haber desaparecido de la política. Pero ¿es su fin?
Guillén se ha reinventado varias veces. Dejó el aprismo y pasó a ser socialista. Dentro de la Unsa comandó Nueva Universidad hasta que lo botaron, y al regreso retomó el proyecto pero aliándose con los que lo echaron. Cuando terminaba su rectorado pasó a la política como alcalde, sobreviviendo su contienda con Fujimori. Apoyó políticamente a Toledo y cuando su periodo pasaba sin brillo en la alcaldía, se enfrentó con él en el Arequipazo y lo venció, volviéndose un héroe político de la región. Cuatro años más tarde fue elegido como presidente regional.
Luego alcanzó una reelección aliado con el partido de Ollanta Humala, que sólo meses después llegó a la Presidencia de la República. Lucha contra el cáncer hasta ahora con éxito y hasta ha superado su temor a volar y ahora se sube a un avión leyendo un libro para disimular su nerviosismo.
Lo más constante en Guillén ha sido el cambio. ¿Qué se vendrá? No se sabe, pero una nueva reinvención podría ocurrir. Muchos creen que la gran jugada política de Guillén está por verse, y sería la de cómo terminar su vida con brillo. ¿Cómo lo hará? No se vislumbra con claridad. Pero eso sí, nadie podrá negar que sería muy literario que terminara como él lo dijo: asesinado.